"Estuve hace poco visitando las montañas, no te imaginas lo diferente que puedes llegar a ver tu mundo desde la soledad en la que te sumerges allí. Era tan apacible aquel lugar, el aire era fresco, olía a musgo, a tierra, a fértil pradera, a llovizna ligera; me cautivaba esa sensación de libertad, de ensueño, esa sensación embriagadora de serenidad. Solo en las noches, cuándo el humo de la parrilla se mezclaba con el de los cigarros, lo apacible de la fresca brisa se disipaba y abría paso a la gélida niebla y a su oscura visión. No es extraño que ante el abandono de la compañía, sucediera de pronto el amotinamiento de los recuerdos. E imaginar como los árboles abrazan entre sí aquel frenesí de dolor y desesperación, y las sombras ululantes que silban con el viento estremecían aún más la angustiosa separación de las cadenas con el olvido. Recuerdo que ir a las montañas alejó un poco lo vago del recuerdo, pero sembró muy hondo el miedo del presente... Me desperté entonces en medio de un deshielo de sentimientos y un vaho de humedad que mi cuerpo desprecia, también... confuso, melancólico y perdido"
Cartas a Nolo. Santiago Cadavid Trujillo
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